Seis veces perdón

¿Febrero o Marzo? ¿Llovía? Creo que si…
Nos sentamos en la esa el restaurante. Ella se veía como una princesa… como siempre. Hacia meses que no platicábamos. Tomamos café hasta que se nos secó la garganta. Me dolía la cabeza y me temblaban las manos, reacciones propias en mí cuando el café navega por mi cuerpo. Además había temblor por los nervios emocionales que me causaba su presencia. Otra vez estábamos juntos. El cielo y la tierra festejaban la reunión, las nubes bailaban… Dios aplaudía diciendo al arcángel: “lo que yo una, jamás lo separe el hombre.”

Ese amor, que el destino había separado, volvió a unirse. Las cenizas confundidas y atareadas comenzaron a buscarse para encender de nuevo el fuego. La excusa: un trabajo y una explicación para un examen. Yo imaginaba perfectamente como acabaría todo y ella, aunque diga que no, también lo imaginó. Intentamos hablar y poner atención a las tareas escolares, pero no pudimos contra las palabras secretas que se movían en nuestro cuerpo tratando de salir, contra las emociones que querían volver a emocionarse, contra el amor… el verdadero amor. Y a pesar de que ambos no queríamos hablar de eso, ni deseábamos vivir el recuerdo, todo explotó. La lágrima saltó al sentir de nuevo su mano sobre mi rostro. Las emociones; olvidadas, sepultadas, escondidas, resurgieron… brotaron haciendo alarde de magia. Después, las bocas hicieron lo suyo mientras las lágrimas seguían. Volví a seguir, volví a decir: “No te vayas”. ¿Qué no era ahí donde había empezado todo otra vez? ¿Dónde se limpia el pasado y se inicia un nuevo presente? No lo se. Tal vez mi error fue creerme Romeo con alguien que no era Julieta. Pero ¿Romeo amó así a Julieta por ser ella? ¿Por qué llevaba dentro esa clase de amor? Es decir, ¿Pudo amar a otra niña o el amor es precisamente ese encuentro de miradas que no necesitan de hablar para abrazarse? No sé. Pero yo la amo como Romeo amó a su Julieta. Tal vez esté equivocado.

Escúchame Dios, si para amar como Romeo se necesita una Julieta y yo estoy desperdiciando mi fuerza en alguien que no es como ella, entonces dame una Julieta,¡Pero ya!, porque no puedo estar sin una mujer, porque necesito ¡Amar! ¡Amar! ¡Amar! Hasta que la alondra cante.

Yo amé como tú mandas… en silencio… sin pataleos… sin preguntas ni caprichos… ¿De que sirvió amarla tanto? “de nada”, dirán algunos, pero eso no es cierto, aprendí lo que tenia que aprender… ¿Por qué la amo tanto? “no es amor” dicen los necios, “es obsesión”. No lo es, contesto yo, la obsesión consume, mata, desgarra y yo estoy tranquilo, quieto, pero amando… aunque este con otro, ¡Se señor! Aunque ella este con otro. Mi amor no conoce de barreras, impedimentos, ni fronteras. No respeta a nadie. Mira a los ojos, no se agacha… es valiente.

En fin, te pregunto Dios mío ¿Existe la justicia Divina? Si existe entonces te ruego lo siguiente:

A ella, consérvala hermosa. Que sus labios sigan siendo así, de porcelana. Que su voz siga arrullando almas.

A él, la verdad no se ni porque me preocupo por él, pero dale la serenidad y la fortaleza para aceptar y poder vivir sabiendo que yo si la sigo amando.

Y a mí, perdóname una vez más por amar a la mujer de mi prójimo, dos veces por no estar arrepentido y tres veces por amarla más que él.

- Ricardo Dávila